Jose el peruano

Jose el peruano

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Fernández los desplumó y los vació mientras José preparaba un fuego con ramas secas. Habiéndose aprovisionado cada uno con una rama de casuarina, leña muy dura de la cual se fabrican también los boomerang, los dos exploradores ensartaron con ellas a los pájaros a guisa de asador hasta que los tostaron bien. 

La comida fué apetitosa. Los dos amigos se disponían a reposar sobre la hierba bajo el eucalipto, cuando los ojos de Fernández, que estaba dotado de vista muy penetrante, vieron, siempre a las márgenes del bosque que tenían en frente, pero en un punto más al norte, algo que atrajo su atención. 

—Deben ser ellos si no me engaño—dijo el joven peruano. 

José trató de ver el sitio indicado por Fernández. 

La lejanía no dejaba distinguir la forma ni el color de aquel grupo de hombres que se movían o detenían como indecisos sobre lo que debían hacer.

—¿No ves indicios del dray?—preguntó José. 

—No... eso me hace suponer que esos hombres no son los que buscamos—dijo Fernández. 

—Puede darse que el dray haya sido internado en el bosque—observó José. 

—Era imposible distinguir qué hacían aquellos hombres. 


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