Jose el peruano

Jose el peruano

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Bien claramente se veía también la singular tumba australiana. Un hombre yacía allí inmóvil, extendido, como esperando que las aves de rapiña lo viniesen a despedazar. 

—¿Es un indígena?—preguntó José. 

—No... parece un blanco — respondió Fernández. 

—¿Un blanco? ¡Es extraño! ¿Habrá muerto uno de nuestros misteriosos enemigos? ¿Por qué no lo habrán enterrado?

Como había previsto el colosal peruano, los milous y los haliaester, después de haberse saciado probablemente bien con los sanguinolentos cadáveres de los dingos, se volvían hacia el cadáver abandonado. 

Una decena de aves de rapiña, descendió sobre el tablado, dando gritos de júbilo. 

Con sus rojizos cuerpos, impedían la vista del cadáver a los dos exploradores, que ya se hallaban a pocos pasos de la tumba. 

—Son indiscretos estos pájaros—observó José—, quiero enseñarles la templanza.

—El coloso apuntó e hizo fuego. La bala, rozando el cuerpo del hombre, dió muerte a un milous. Los otros, sorprendidos por el ataque improvisado y ya bien saciados con los dingos, levantaron el vuelo gritando, haciendo grandes círculos. 


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