Jose el peruano
Jose el peruano —Se dirigen hacia donde nos encontrábamos nosotros hace poco—añadió José.Â
—Es verdad. Ahora comprendo. A las aves de rapiña las atrae el olor de los dingos que hemos matado nosotros — dijo Fernández—. Tienen ahà un buen bocado.Â
—No temas, que cuando los hayan devorado irán hacia la tumba y asaltarán también al desgraciado que está allÃ...Â
—¿Entonces son insaciables estos carnÃvoros ?—preguntó Fernández.Â
—En este paÃs, los hombres y las bestias comen raras veces, pero cuando se les presenta ocasión propicia, comen por el hambre pasada, presente y futura—observó el coloso.Â
—A propósito, ¿cómo habrán terminado las provisiones de nuestro dray?—preguntó el joven pensando dolorido en la sabrosa conserva de carne, en la mermelada, en el té, en el brandy que los malvados se habÃan llevado en el carro.Â
Entretenidos por los conversación, habÃan llegado casi al término del pantano: hacia allà les era mucho más practicable el terreno porque estaba sembrado de grandes piedras.Â
A medida que se iban acercando, aparecÃan bien claros los limites del bosque, compuesto como los otros de eucaliptos altÃsimos que iluminaba el sol con sus últimos rayos.Â