Jose el peruano
Jose el peruano José buscó cuidadosamente en los bolsillos de Lindsay, pero no halló nada. Fernández, en tanto, examinaba con gran atención el pecho y el rostro del cazador. Puso el oído sobre el corazón del herido y escuchó.
—¡Vive! ¡El miserable vive!—exclamó levantando el rostro radiante de gozo.
—¡Si fuese así podríamos decir que el cielo quiere favorecer nuestra empresa!—replicó José. —Tienes razón—añadió el coloso—, el traidor vive y nos acompañará, quiera o no, hasta el otro extremo de Australial... ¡Yo lo haré andar, al miserable!
—¡Si tuviéramos algún licor para hacerlo volver en si más pronto!—dijo Fernández.
—¡El ladrón nos ha robado todo—observó el coloso—, pero a falta de brandy o de vinagre, lo despertaré de cuatro sonoras bofetadas!
Y José hizo pronto seguir el acto a las palabras.
El cazador volvió a abrir los ojos atontado y estupefacto, y los fijó en el rostro de José y Fernández.
Evidentemente, aquel hombre salía entonces de un viaje misterioso al reino de la muerte y su contacto improvisado con la vida lo hacía parecer cohibido.
Un profundo suspiro salió de sus labios.