Jose el peruano

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CAPITULO XIII

LA AVENTURA DEL CAZADOR

Después de haberos esperado en vano por espacio de cinco o seis horas durante la noche—comenzó la narración el cazador—, una mortal inquietud comenzó a apoderarse de mí. 

También Mulga parecía muy inquieto: daba vueltas alrededor del dray nerviosamente y de cuando en cuando decía: 

¿Cómo es que no vuelven sir José y sir Fernández? 

La noche, como recordaréis, era oscura: estaba atento por si oía algún disparo que me avisase, según lo convenido, del peligro que José podía correr. No oi nada. ¿Qué hacer? ¿Dejar a Mulga de guardia en el dray y aventurarme también yo en ese bosque? ¿Podía fiarme de Mulga? 

En la indecisión en que me encontraba sobre lo que debía de hacer, me alejaba de cuando en cuando del dray unos veinte o treinta pasos para poder oír mejor cualquier ruido que viniese del bosque; y como no conseguía nada, volvía pronto al carro. 

Mulga se había quedado dormido cerca de los bueyes: o yo le creí así al menos. Entonces me aventuré casi hasta las márgenes del bosque, pero un rumor sospechoso y el rodar del dray me hicieron volver precipitadamente... 

¡El dray se iba! 


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