Jose el peruano
Jose el peruano Pero no tardé en alcanzarlo. De un salto traté de subirme a la parte posterior con el propósito de lanzarme sobre el australiano que, sentado en el pescante, animaba a las bestias.Â
Fué un error: pronto hube de convencerme. Algunos hombres, escondidos detrás de las cajas de provisiones, se me echaron encima, tapándome la boca e impidiéndome accionar. Me desarmaron, me ataron y me tiraron al fondo del carro.Â
—¿Quiénes eran? — preguntó José, que estaba haciendo la fosa para asar el canguro.Â
—Probablemente los mismos que me asaltaron a mi—opinó Fernández, limpiando el marsupial—Deben haber vuelto al bosque por otro camino, después de haberme abandonado a la planta-vampiroÂ
—Corno la noche era muy oscura, no pude reconocer a mis asaltantes hasta el alba, cuando el dray se habÃa alejado del campamento varias milas. Primero supuse que fuesen indÃgenas de la trib de Mulga: pero vi que eran blancos.Â
—¡Blancos! — exclamó José estupefacto, dejando por un momento su trabajo.
—S×continuó Lindsay—, bushrangers, es decir, salteadores, en su mayorÃa galeotes evadidos que vagan por el continente a la caza de los buscadores de oro.Â