Jose el peruano
Jose el peruano —¡Lo mismo que los puñetazos que distribuiste tú, José!...Â
Caminaron, discurriendo de aquel modo, por espacio de cinco horas. De cuando en cuando se detenÃan aguzando el oÃdo para sentir el rumor del carro o algún otro indicio del enemigo. José se habÃa tendido varias veces en tierra tratando de escuchar, pero no habÃa oÃdo nada.Â
—El dray debe de estar muy lejos de nosotros—dijo José.Â
—Si pudiésemos proveemos de caballos los alcanzarÃamos pronto.Â
—¿Dónde quieres encontrar caballos en esta región?.
—Parece estar deshabitada... No hemos visto hasta ahora ningún pueblo indÃgena.Â
—El primero debe de ser, naturalmente, el de Nandum-Kurruck— observó LindsayÂ
En efecto: me acuerdo de haber oÃdo decir a Mulga que la tribu de su amigo debÃa de estar a orillas de un rÃo al término del bosque.. Es una fortuna para nosotros que esta persecución no nos aleje mucho de nuestra ruta. Verdaderamente hasta ahora hemos andado siempre hacia el norte.Â
—Pero por lo que parece, las peores regiones no las hemos atravesado aún—dijo Fernández.Â