Jose el peruano
Jose el peruano —O bien tendré yo el placer de quedarme con los runs del señor Kilder si, como creo, no se encuentra usted dentro de seis meses all×exclamó Kornalden, un poco inquieto, a decir verdad, por la tranquila seguridad de su adversario y especialmente de la del gigante, que parecÃa saborear con su bonachona sonrisa una victoria cierta.Â
—Ya hemos establecido todo con el señor Kornalden—añadió Kilder—, menos lo más importante.Â
—Es verdad—dijo Kornalden—. No hemos hablado de las personas que deben acompañarlo para atestiguar que ha cumplido verdaderamente la travesÃa de Australia. No se ofenda usted, José: pero el engaño serÃa posible.Â
—¿Qué engaño? — preguntó José con ingenua sorpresa, que atestiguaba bonachona lealtad de su alma noble y no acostumbrada al fraude.Â
—SerÃa muy fácil engañar—dijo Kornalden—.¿Quién me garantiza que usted, después de pasar por el lago Torrens, no volverÃa atrás y costeando con una nave a Australia desembarcara al Norte e internándose un poco dentro de la costa no subirÃa de nuevo hasta el rÃo Aligator, fingiendo haber venido del interior?Â
—¡José el peruano no hace esas cosas!—exclamó con Ãmpetu el gigante, lanzando una mirada amenazadora al squatter.Â