Jose el peruano
Jose el peruano —No debes ofenderte, querido José—dijo sonriendo Kilder—. El señor Kornalden tiene razón. Una apuesta semejante, para que sea válida, debe ir acompañada de todas las garantÃas. Es necesrio que el señor Kornalden escoja una persona de su confianza, dispuesta a acompañarte; por otro lado yo escogeré otra con el mismo encargo. Estas dos personas deben jurar por su honor con una detallada relación que tú has recorrido realmente Australia, desde el lago Torrens al rÃo Aligator.Â
—Es justo—observó el gigante—. Y además es evidente que no puedo salir de viaje solo. ¿A quién elige usted por su parte, señor Kilder?Â
—¿A quién elijo?—dijo el squatter—. A una persona de toda tu confianza a quien aprecias mucho.Â
—¿A Fernández? — preguntó el peruano enrojeciendo ligeramente.Â
—SÃ... al hermano de tu novia, que te ha acompañado con ella hasta Puerto-Augusta y que querrÃa intentar contigo el hallazgo de las minas de oro—dijo Kilder.Â
El buen gigante quedó algo pensativo.Â
—¿No te parece bien Fernández como compañero de viaje?—preguntó el squatter.Â
—Es el compañero ideal—repuso José—, pero...Â
—¿Hay algún pero?Â