Jose el peruano
Jose el peruano Por eso José fué llevado a una choza vacía en la que cuatro indígenas armados de tomawak montaban la guardia. El coloso se obsequiaba con todos los improperios imaginables: ¡esta vez tenía él la culpa por estúpido e imprevisor! ¡Había seguido por el bosque al indígena como un necio paquidermo... se había dejado engañar por un negro!... José temblaba de ira contra si mismo y contra Mulga, al que se arrepentía de no haber aniquilado de un puñetazo cuando había caído en sus manos. ¡Ahora el bellaco triunfaba otra vez! ¡Y ahora, las probabilidades de salvarse de las garras de sus enemigos eran nulas!... ¡Había sido conducido a la cueva de los antropófagos! ¿Habrían oído, al menos, los gritos sus compañeros? El esperaba que sí; pero, aunque los hubiesen oído, ¿cómo podrían dos, sin armas, sin medios, venir a salvarlo, estando entre doscientos o más indígenas?
José tardó, como es fácil imaginar, en dormirse: sin embargo, queriendo adquirir fuerzas para afrontar en la mañana siguiente mejor aquella terrible situación, se sugestionó a sí mismo y durmió algunas horas.
Cuando se despertó, todo el pueblo estaba en pie. La noticia de que el "gigante blanco" había sido capturado, había puesto a sus habitantes en gran agitación.