Jose el peruano
Jose el peruano Mulga, habÃa tenido la precaución de hacerlo atar sólidamente. Lo inútil de su intento hizo reÃr a los dos blancos.
—No gastes tu fuerza tratando de romper las ligaduras—dijo uno de éstos—. Nosotros mismos las quitaremos para que puedas trabajar.Â
¿Quiénes eran aquellos dos blancos? ¿Cómo se encontraban en aquel sitio y cuáles eran sus relaciones con Mulga? ¿Eran quizás los dos que se habÃan salvado huyendo del peñasco justiciero?Â
El rostro del coloso debÃa expresar ciertamente una visible y legÃtima curiosidad, porque el otro blanco dijo con ironÃa:Â
—¿Te extraña encontrar dos blancos en este sitio? No tienes por qué extrañarte, estamos aqui para explotar el campo de oro de Nandum-Kurruck, que a las pepitas prefiere carne de blanco: los gustos: son gustos; pero además del campo de oro tenemos otros trabajos...Â
—Es inútil que me lo digáis—dijo José con desdén—. Os habéis vendido con Mulga a ese malvado Kornalden; os habéis empeñado en hacer perder la apuesta a Kilder... Sois los que habéis echado a ml amigo Fernández a la planta-vampiro, sois los que habéis creÃdo matar a Lindsay, llevando su presunto cadáver a la tumba para que lo devoraran los buitres; sois los cómplices de este horrible negro que habrÃa podido matar diez veces...Â