Jose el peruano

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Entonces, la danza cambió de improviso de aspecto: los hombres, las mujeres y los niños, presa de famélico frenesí, se lanzaron sobre los cuatro desgraciados con tomawak y otras armas. 

En un momento fueron muertos, y en medio de un griterío infernal los cadáveres fueron llevados a la gran fosa y cubiertos de hierba seca y de leña. 

Nandum-Kurruck se abrió paso entre la rugiente multitud, con un tizón encendido en la mano y prendió fuego a la pira. 

Un lúgubre canto indígena se levantó de la hambrienta multitud.

6 

Había anochecido ya, pero toda la plaza y los rostros bestiales de los indígenas estaban iluminados por las llamas que se levantaban de aquel horno. 

Un olor nauseabundo a carne quemada se difundió por todo el pueblo, provocando un horrible malestar en la garganta de José, que ante aquel espectáculo sufría atrozmente: los mismos buhrangers, los despiadados cómplices de Mulga y cuidadores de José, estaban aterrados y se tapaban las narices. 


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