Jose el peruano
Jose el peruano Entonces, la danza cambió de improviso de aspecto: los hombres, las mujeres y los niños, presa de famélico frenesí, se lanzaron sobre los cuatro desgraciados con tomawak y otras armas.
En un momento fueron muertos, y en medio de un griterío infernal los cadáveres fueron llevados a la gran fosa y cubiertos de hierba seca y de leña.
Nandum-Kurruck se abrió paso entre la rugiente multitud, con un tizón encendido en la mano y prendió fuego a la pira.
Un lúgubre canto indígena se levantó de la hambrienta multitud.
Había anochecido ya, pero toda la plaza y los rostros bestiales de los indígenas estaban iluminados por las llamas que se levantaban de aquel horno.
Un olor nauseabundo a carne quemada se difundió por todo el pueblo, provocando un horrible malestar en la garganta de José, que ante aquel espectáculo sufría atrozmente: los mismos buhrangers, los despiadados cómplices de Mulga y cuidadores de José, estaban aterrados y se tapaban las narices.