Jose el peruano
Jose el peruano El acre olor parecía estimular en cambio a aquella horda de salvajes: el rostro de los hombres expresaba una alegría feroz, y los ojos de las mujeres brillaban de avidez. El horrendo banquete empezó. Se distribuyeron las raciones. Se ofreció una porción a José, que rechazó con un grito la oferta.
Los dientes tenían arduo trabajo; los estómagos recibían con voluptuosidad el nefasto asado y una atmósfera de inaudita bestialidad se difundía por todo el pueblo.
El Jefe rechazó también la vistosa porción que le ofrecieron.
Nandum-Kurruck tenía derecho a otro manjar más exquisito.
El "gigante blanco" le pertenecía. El banquete de sus súbditos le había abierto el apetito y sin pérdida de tiempo quería satisfacer el hambre.
Nandum-Kurruck exclamó:
—¡El "gigante blanco" es mío, y lo quiero!
Un rugido de aprobación se levantó de los comensales.
Ni Mulga ni los dos blancos que deseaban disfrutar por algún tiempo la enorme fuerza de José, tuvieron la osadía de hacer verdaderas objecciones.