Jose el peruano
Jose el peruano Hacia la noche, la caravana llegó a un rÃo casi seco: sólo se veÃan en ciertos sitios pozas de agua detenida.Â
—Aquà está el indicio de que pronto entraremos en la maldita zona del desierto,—observó Lindsay.
— Es necesario proveerse de agua y también de hierba añadió Fernández.
— Quizás aquella mancha verdosa  de allà sea el último prado.Â
Llenaron el odre de canguro de un agua que no podÃa ser ciertamente cristalina y pura, ni mucho menos fresca; después atravesaron el rÃo y llegaron al prado que habÃa visto el joven peruano.Â
Los bueyes se pusieron a comer ávidamente y los tres hombres a cortar hierba; la operación fué interrumpida por una cena frugal de carne ahumada, y duró hasta muy entrada la noche, volviendo a reemprenderse después de un sueño de pocas horas, hasta que el sol, con su calor sofocante, dejo extenuados a los tres exploradores.Â
La hierba no tardó mucho tiempo en secarse: la embalaron convenientemente cargándola sobre el vehÃculo, buscando el equilibrio del peso.
Continuaron la marcha. Al dÃa siguiente la pequeña expedición entró en esa región australiana que habÃa hecho fracasar, vencidos o muertos a la mayor parte de los exploradores.Â