Jose el peruano

Jose el peruano

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Era un desierto desolado, sembrado de piedras de todas dimensiones, sín una hierba ni una gota de agua, quemante por los rayos de un sol abrasador que hacía el aire irrespirable.

—Tienes razón al decir que hasta aquí había sido el paraíso terrenal—dijo José—. El calor es sofocante y amenaza serlo cada vez más. 

Grandes gotas de sudor les caían de la frente y las bestias arrastraban con fatiga el vehículo. Marcharon de aquel modo durante una semana distribuyendo el agua con gran parquedad. 

Bajo el grueso toldo el calor asfixiaba: ráfagas de aire caliente venían del norte dificultando la respiración a los hombres y a las bestias. 

Por la noche se hacía el calor del desierto menos sofocante, permitiendo a los tres exploradores conciliar el sueño. 

A mediados de la semana siguiente un buey fué muerto, tanto para sustraerlo al consumo de hierba como para que sirviese de alimento a la expedición: al terminar la semana, dos bueyes cayeron devorados por la sed. 

Nueve bestias eran suficientes para transportar el semi-dray, que continuaba su marcha con bastante velocidad, a pesar de los numerosos obstáculos y de las piedras que obstruían el camino. 


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