Jose el peruano

Jose el peruano

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Al día siguiente José y Fernández dormitaban en el semi-dray, o al menos estaban en este estado de torpe somnolencia, causa de obtusidad mental que produce la naturaleza en el hombre en aquellas regiones inhospitalarias, para mitigar con la semi-inconsciencia los tormentos de la agonía. 

Pero un alegre grito de Lindsay los despertó de aquel estado precursor de la muerte.

 —¡Tierra!¡Tierra! 

Este grito de un náufrago que está para morir y ve la salvación aparecer de improviso era en aquel caso, es el del moribundo de sed que vislumbra un oasis. 

El cazador tendió la mano hacia el horizonte donde se dirigían las ávidas miradas de José y Fernández.

 —¡Un oasis!—añadió Lindsay cuyo rostro expresaba poco antes gran descorazonamiento, se iluminaba ahora de alegría. 

—¿No será una alucinación de nuestra vista? preguntó José.— He oído hablar tanto del espejismo 

—No, no es una ilusión, es realidad—aseguró el cazador.— Mira como lo sienten las bestias. 

En efecto, los bueyes, como si hubiesen descubierto la bendita raya verde, reemprendieron el camino velozmente: un repentino milagro de energía les había infundido de nuevo fuerzas porque sin duda se sentían cercanos al agua y a la hierba. 


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