Jose el peruano
Jose el peruano José lo vió agacharse para recoger alguna cosa.Â
—¿Alguna corriente de agua?—preguntó el coloso.Â
Lindsay habÃa descendido del carro, su vista habÃa sido atraÃda por algo interesante,
—¿Qué haces, Lindsay? ¿Has encontrado una corriente de agua?—preguntó el coloso.Â
—No, una corriente, no, sino una pequeña reserva—respondió el cazador, volviendo al vehÃculo con dos sapos enormes, tan grandes como un sombrero.Â
 —¡Dos sapos!Â
—SÃ... y demos gracias al cielo de que nos hayan librado hoy de morir de sed.Â
Lindsay abrió el vientre al primer sapo, mientras José recogÃa en la palma de la mano el agua que salÃa de ellos.Â
Los dos sapos aprovisionaron a los tres hombres más o menos de litro y medio de agua, que les alivió el tormento infernal de la sed.Â
—No hubiera creÃdo nunca tener que beber de los sapos—dijo José.Â
—Tampoco yo—dijo Fernández.
—Yo, si—observó Lindsay—. SabÃa que llegarÃa un dÃa en que el agua viscosa contenida por los sapos nos parecÃa un oportuno cuanto gustoso vaso de champagne.Â