Jose el peruano
Jose el peruano  —También yo quiero registrar al pastorl—repuso el galeote—. También yo tengo ese derecho.
Los dos galeotes se pusieron uno frente al otro, cuchillo en mano: sus ojos sanguinolentos estaban fijos.
—¡En guardia!—gritó el galeote rebelde.Â
Alzó la mano tratando de dar una cuchillada en el pecho del jefe. Este paró el golpe con hábil prontitud. El duelo feroz continuó acto seguido, con atención de los forzados y el silencio de los tres prisioneros que esperaban sacar alguna utilidad de aquel episodio.Â
Los dos galeotes se batÃan encarnizadamente, agitando con rapidez extrordinaria sus cuchillos, rugiendo palabras amenazadoras, atacandose y hablando con creciente ferocidad.Â
Se oyó al fin una blasfemia sofocada. El galeote rebelde habÃa recibido una herida en el costado.Â
Cayó en tierra, mientras el jefe, con una sonrisa de triunfo, se acercó al pastor, lo registró, sacó una bolsa llena de dinero y se la echó al bolsillo.
—¡Vamos!—ordenó—. Debemos llevar a estos señores a orillas del Lago Kood
Los forzados obligaron, cuchillo en mano, a cáminar a los tres prisioneros: el herido fué abandonado junto al pastor muerto.Â
—¿Dónde nos llevas?—preguntó José.Â
—¿No lo has oÃdo? A orillas del Kood—respondió secamente el jefe.