Jose el peruano
Jose el peruano Los galeotes se echaron a reír estrepitosamente.
Una terrible cólera se apoderó de José: atado como estaba, rugió de rabia por la impotencia; esto pareció divertir mucho al pastor, que se acercó para repetir la gracia de antes.
El coloso sintió subírsele toda su fuerza a la cabeza: la bajó y con vehemente y rápido golpe, dió en el pecho al miserable...
El pastor cayó hacia atrás dando un estertor: la cabeza del gigante había dado en el esternón del traidor como formidable catapulta. Este rápido e impresionante episodio dejó mudos y perplejos a los forzados: ante los prodigiosos músculos de José se sintieron maravillados sobremanera.
Pero no fué más que un segundo. El pastor daba los últimos estertores de una vida que había sido truncada de improviso.
Los galeotes, después de haber mirado por un instante, se precipitaron sobre el muerto para registrarlo.
—¡Quietos todos!—ordenó el jefe.
Los galeotes obedecieron, pero uno de ellos alzó las espaldas en señal de desobediencia, yendo a inclinarse sobre el cuerpo del pastor.
—¡Quieto también tú!—rugió el capitán de los forzados.
—¿Y por qué?
—¡Porque así lo quiero yo!