Jose el peruano
Jose el peruano —No lo sé.Â
—¿Se tratará de los ladrones puestos en fuga por ti aquella famosa noche — contestó Kilder—, que hayan quizás decidido vengar a los dos compañeros a quienes rompiste la cabeza?Â
—Puede ser, Sr. Kilder,—respondió el coloso—pero en este caso los bellacos no tendrÃan más ventajas que entonces: estoy dispuesto a duplicar la distribución de bofetadas.Â
La sombra misteriosa que probablemente habÃa seguido a los dos hombres a su salida del Squatters' Club habÃa desaparecido o al menos habÃa conseguido sustraerse a la aguda mirada de José.Â
El peruano aguzó el oÃdo, pero no sintió ningún rumor sospechoso. Las calles de la ciudad estaban desiertas y oscuras: los dos hombres prosiguieron su camino y no tardaron en llegar a casa de Kilder, cuyas ventanas del primer piso estaban iluminadas.Â
—Marinca y Fernández no se han acostado todavia—observó José.Â
—Deben estar naturalmente ansiosos por saber si Kornalden ha aceptado mi apuesta—dijo Kilder.Â