Jose el peruano
Jose el peruano —¡Seguro!... No te he ocultado mi pensamiento: te expliqué cómo no podÃa sufrir la lucha desleal de Kornalden, de cómo yo estaba seguro que el ladino me hizo muchas veces trampas en el juego; de cómo trataba por todos los medios de arruinarme excitándome muchas veces a jugar toda mi hacienda. Habiéndose empezado a discutir ayer tarde sobre las exploraciones australianas me llamó ignorante porque creà posible la travesÃa... y entonces te hice la proposición de verificarla...Â
—Ha hecho usted muy bien, señor Kilder, y sin fanfarronerÃa puedo decirle que hay novente y nueve probabilidades entre cien de conseguirlo. Usted se hará dueño de la hacienda de Kornalden.Â
—Pues bien, si. eso sucede, José: un tercio de la ganancia servirá de dote a Marinca—dijo Kilder.Â
—¡Gracias, señor Kilder!—exclamó el peruano volviéndose de repente.Â
—¿Qué te pasa, José?—preguntó el squatter, al ver el movimiento imprevisto del gigante.Â
—Me ha parecido oÃr pasos tras de nosotros—respondió José tratando de perforar con sus pupilas la semiobscuridad de la calle desierta—. No me he equivocado : mire allà una sombra adosada con el muro.Â
—Tienes razón—observó Kilder.Â
—Alguien que nos seguÃa la pista—dijo José—. La sombra ha desaparecido ya.Â
—¿Quién podrá ser?Â