Jose el peruano

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El desgraciado se mantuvo en un silencio absoluto. Durante la marcha, Lindsay mató un canguro que les sirvió de alimento. 

Caminaron cinco días seguidos, llegando finalmente al Alligator. El rio llevaba bastante agua. La comitiva tomó un largo reposo. Kok, el galeote que había salvado a Fernández del cuchillo del jefe, se hizo útil en muchas formas. 

Hubiera sido deseo suyo volver a las ciudades, pero su calidad de galetote se lo impedía. 

Mientras José, Fernández y Lindsay discutían acerca del modo de llegar pronto a la desembocadura del Alligator y al golfo de Diemen y combinaban los planes sobre lo que debía de hacerse con el prisionero, Kok, que había ido a merodear por la orilla del río, gritó:

 —¡Un barco de vela!

Un pequeño navío bajaba por el río. Sobre el puente se divisaban tres hombres. 

Los exploradores hicieron señas con las manos y se pusieron a gritar.

El navío se acercó a la orilla. 

—¿A dónde os dirigís?—preguntó Lindsay. 

—Al golfo—respondió uno de los tres marineros. 

—¿Queréis llevarnos con vosotros? — preguntó el cazador—. Seréis bien recompensados. 


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