Jose el peruano

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—¡Porque, señorita, sería un absurdo!—observó Kilder sonriendo—. Tal viaje se presenta muy difícil y peligroso para dos hombres como su hemano y José; pero para una mujer, aún fuerte y vigorosa, sería una empresa imposible. 

—El Sr. Kilder tiene razón—dijo José. Vd. no puede seguirnos en un viaje en el cual los peligros son demasiado evidentes. 

—Quedarás bajo la custodia del señor Kilder—la consoló Fernández. 

—Señorita Marinca, es necesario que tenga paciencia y se resigne, por algunos meses. Bajo mi techo, no tendrá Vd. nada que temer. Si José consigue su intento, y yo tengo plena confianza en que lo conseguirá, Vds. serán muy ricos. 

Marinca bajó la vista en la que se notaba una ligera contrariedad y dijo: 

—No queréis que vaya con vosotros... paciencia: esperaré confiada vuestro retorno: pero me hubiera agradado tanto acompañaros; sabéis que cuando es necesario, se afrontar los peligros lo mismo que un hombre.

—Lo sé, hermana mía—dijo Fernández—pero no sabes qué extraño y peligroso país es Australia... Aunque verdaderamente, tampoco lo sé yo, pero he oído hablar mucho de ellos... Si no fuese muy difícil atravesarlo, el señor Kornalden no habría aceptado la apuesta. 


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