Jose el peruano
Jose el peruano Muy raras veces le sucedÃa a Kornalden perder grandes cantidades: casi siempre se trataba de sumas pequeñas que inducÃan al ganador a arriesgar cantidades considerables; las que terminaban siempre en el bolsillo del pequeño squatter.Â
Kornalden apretó con rapidez un juego de cartas nuevo.Â
—A usted le toca—dijo, dándoselo al rival.Â
Pero Kilder, contra lo que todos suponÃan, continuó con el periódico desplegado ante si, haciendo repetidas señales de negativa.Â
—¿Qué significa eso? — exclamó sorprendido Kornalden.Â
—En todos los paÃses del mundo esto significa un no rotundo—dijo Kilder a su interlocutor, con extraña sonrisa.
Kornalden hizo un movimiento de estupor iracundo.Â
—Ha aceptado usted mi oferta de desquite: me ha propuesto jugar nuestra hacienda.Â
—Perfectamente—repuso Kilder---, y lo repito: o usted se quedará con mis rums o yo con los suyos.Â
Kornalden dirigió una mirada interrogativa a los circunstantes para conocer por su fisonomÃa cómo debÃa interpretar la extraña e imprevista conducta de su adversario. ¿Quizá no tuviese confianza en las cartas que le ofrecÃa? ¿SospecharÃa acaso que estuviesen marcadas?Â