Jose el peruano
Jose el peruano La sala del garito, llena de humo acre, de desagradables emanaciones humanas y de vapores alcohólicos, tenia el aspecto de un verdadero foso, en el cual se agitaban como condenados, aquellos hombres de rostro tostado por el sol australiano, la mayor parte hijos de delincuentes que desde el principio de la colonización se hicieron, sin títulos, propielarios de runs.
Pero una plantación como la que representaba la gran fortuna de los squatters, no había sido arriesgada aún en las mesas del garito de Puerto-Augusta.
Muchos socios seguían con ávida curiosidad las palabras y los movimientos de los dos jugadores.
A la pronta aceptación de su rival, Kornalden no pudo reprimir una sonrisa de esperanza.
— ¡Al fin!—pensó—¡caerá el necio!
El aventurero había alimentado secretamente la esperanza de poder conseguir llevar a su competidor a aquel punto de frenesí exaltado en el que el jugador pierde todo sentido de dominio sobre sí y lanza al tapete toda su hacienda.
Kornalden tenía razón de alegrarse. Era extraordinariamente afortunado en el juego de cartas. No pocos maliciosos susurraban que lo era demasiado...