Jose el peruano
Jose el peruano Los exploradores dividieron la guardia entre los tres, dejando a Mulga dormir a pierna suelta cerca de los bueyes. La noche transcurrió sin incidente alguno. Al amanecer del día siguiente volvieron a continuar hacia el Norte, atravesando un desfiladero de los montes Turret y torciendo hacia el Oeste llegaron a una antiplanicie desde donde se veía como a vuelo de pájaro el lago Eyse.
El sol, ya bastante alto, hacia salir del lago, admirables centelleos de verde y azul, sobre los cuales revoloteaban los milvus, halcones pequeños de plumas rojizas jaspeados de negro, mientras chillaban por encima halcones bastante mayores, los llamados halia estor, describiendo amplios círculos.
Más allá de la antiplanicie, el dray se encontró ante un bosque bastante denso formado de black- wood o madera negra, de stryn-backs o árboles de corteza fibrosa, de blood-wood o árboles de sangre. Una cantidad innumerable de pardolotos, pequeños pajaritos, gorjeaban. sobre los árboles.
José había descendido del dray para desentumecer las piernas que tenían necesidad de movimiento, pero se detuvo de pronto, empuñando el fusil. Había oído una risa sarcástica.
—¡Alguien nos espía y se ríe de nosotros!—dijo dando una mirada por entre los espesos árboles del bosque.