Jose el peruano
Jose el peruano —¡Extraño!—murmuró el peruano.
 —¡Extraño!—repitió a su vez el cazador.
—Se dirÃa que éstas son, en cambio, las de un hombre con zapatos—dijo José.Â
—También yo pienso lo mismo—añadió Lindsay.Â
—Mulga no yerra—dijo el negro.Â
—Pero Mulga podrÃa ser un pillo redomado y mentir—gritó José.Â
—Sigamos estas trazas en lugar de las otras—propuso el cazador.Â
Cuida de Mulga, José: yo buscaré en el suelo. .Â
Las trazas en cierto punto parecÃan multiplicarse como si sobre aquel pedazo de terreno hubiesen pasado varios hombres en lugar de uno. Las siguieron por un cuarto de hora hasta que salieron del bosque hacia el rÃo: las señales continuaron hasta el terreno arenoso, donde se confundÃan en un galimatÃas de hormas y desaparecÃan en el agua.Â
—Por aquà han pasado varios hombres y han atravesado el rÃo—dijo Lindsay. —
—¿Sostendrás ahora que éstas son trazas de canguro?—observó José.
—Puede darse muy bien que sean trazas de hombres; y en este caso ya no sirvo para descubrir pistas—dijo Mulga con acento desolado.Â