Jose el peruano
Jose el peruano --Es mejor que lleves una linterna—sugirió Lindsay.
—Yes, sir, lleve la linterna—dijo Mulga saltando al dray y descendiendo luego con el objeto indicado.Â
—Pero, no la encenderé todavÃa—dijo juiciosamente José.Â
—Tienes razón—añadió Lindsay—, no pensaba en que si hay salvajes en el bosque verÃan la luz. Es preciso que vayas con mucha precaución. Si te hallas en peligro hazme la señal con dos tiros de revólver.Â
José se colgó la linterna en la cintura, echó mano del fusil y se dirigió en la dirección en que se habÃan oÃdo los gritos.
La noche era muy oscura y avanzar por el bosque no era muy fácil. HabÃa que ir casi a tientas en el grassland, es decir, sobre un tapete de hierba alta, espesa, dura. Los pies del coloso tropezaban a menudo con raÃces enroscadas que salÃan de la tierra.Â
Se detenÃa de cuando en cuando a escuchar: el grito humano no se repetÃa: sólo se oÃan los estridentes y poco agradables reclamos nocturnos de los flying squirreis o ardillas voladoras. Una de éstas le pasó rozando, emitiendo un lúgubre sonido.Â