Jose el peruano
Jose el peruano José caminaba a la ventura con la esperanza algo problemática, por no decir remota, de acercarse al punto en que habían partido los gritos humanos. Pero no tenía medio alguno para saber de la buená dirección o no.
No había pensado en llevar consigo la brújula. Anduvo de aquel modo, cerca de tres horas, a tientas, el fusil en ristre, pronto a disparar contra el hombre o la bestia que lo asaltase.
Por un momento el coloso se estremeció. Le pareció haber oído un gemido a pocos pasos a su derecha.
Quedó escuchando afanosamente. No lo habían traicionado sus oídos: El gemido se repitió y era indiscutiblemente humano.
José se limpió el abundante sudor que le corría por la frente y avanzó algunos pasos hacia la derecha.
De improviso se sintió atenazar las piernas por algo que enroscado y viscoso, le produjo en el empeine, cierto dolor.
Encendió la linterna y se dió cuenta de que sus extremidades inferiores, estaban aprisionadas y enlazadas por un extraño bejuco. Suspendió de la cintura la linterna, sacó el cuchillo y cortó el agresivo vegetal que parecía querer impedirle el camino.
El bejuco serpenteaba por la tierra y se extendía hacia un eucalipto.