La capitana del Yucatan

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—¡Maldita selva! —exclamó el lobo de mar, que se había puesto de muy mal humor—. Si no hubiese encontrado todas estas lianas y raíces, en este momento podría saber alguna cosa de aquellos desconocidos y quizá del querido señor del Monte. ¡Oh! Podría dar un paseo por el islote.

Miró a su alrededor, temiendo alguna sorpresa o una repentina vuelta de los hombres, después se subió sobre las raíces de los mangles y pasando de una a otra y abriéndose paso entre las ramas y las hojas, atravesó los bancos, alcanzando en breve tiempo el islote.

Era un pequeño espacio de tierra, de unos cincuenta metros de circunferencia, circundado por altas cañas y mangles y cubierto de elevados mangos, que con sus raíces habían afirmado el suelo que en un tiempo debió haber sido un simple banco de légamo.

En el medio, Córdoba encobró una pequeña choza de hojas de banano, plantada sobre cuatro postes que la ponían a cubierto de las inundaciones y también del asalto de los caimanes e incluso de las grandes serpientes de agua.

—¿Será el refugio de algún negro que tiene que rendir cuentas a la justicia? —se preguntó—. ¿O un puesto de espía de los rebeldes? Veamos.

Trepó ágilmente sobre un palo y alcanzó la plataforma izándose sobre ella.


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