La capitana del Yucatan
La capitana del Yucatan —El cielo está cubierto y temo que antes del amanecer estalle un furioso huracán, señor.
—¡No nos faltarÃa más que eso!
—No os inquietéis; sé donde existe un buen refugio.
Venid, señor… ¡Ah…! ¡Otro disparo! ¡Buena señal! Estos disparos nos servirán de guÃa.
Se habÃan puesto en marcha, intentando dirigirse, lo mejor que podÃan, hacia el lugar de donde parecÃan proceder los dos disparos de fusil que anunciaban su inminente salvación, por estar convencidos de que habÃan sido disparados por los marineros de la escolta.
Desgraciadamente el bosque continuaba muy espeso y la oscuridad era tan profunda que hacÃa dudar de que pudiera encontrar a sus salvadores. Ambos andaban a tientas cómo dos borrachos, chocando contra los troncos de los árboles, contra las raÃces, contra las lianas y tropezando a cada paso. Era una serie continua de caÃdas seguidas de una retahÃla de imprecaciones.
No habÃan logrado recorrer más que doscientos o trescientos pasos cuando oyeron una tercera detonación y ésta tan próxima que pudieron distinguir incluso el silbido de la bala.
—Se están acercando mucho —dijo el soldado—. El hombre que ha hecho fuego no puede encontrarse más que a cuatrocientos o quinientos metros de nosotros.