La capitana del Yucatan

La capitana del Yucatan

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—¡Bueno! —dijo Córdoba—. Si hubiera tenido que continuar esta marcha una hora más habría renunciado. ¡Por mil ballenas! ¡Estoy molido!

—¡Valor, señor! ¡La salvación está cerca…!

—Os sigo como puedo. ¡Al diablo los bosques y las tinieblas!

Un cuarto disparo retumbó y tan próximo que el soldado pudo divisar, a través de los árboles, el destello de fuego.

—¿Habéis visto? —preguntó.

—Sí —respondió Córdoba—. ¡Eh! ¡Alonso! ¡Pedro! ¡Álvaro! ¿Sois vosotros…?

—¡Caray! —gritó una voz—. ¡El señor Córdoba! ¡Es su voz!

—Sí, Álvaro —gritó el lobo de mar.

Un hombre provisto de una rama resinosa que ardía como una antorcha, seguido a poca distancia por otro que llevaba un fusil en la mano, se abalanzó entre los matorrales, diciendo:

—Ha sido una verdadera suerte, señor teniente, haberos encontrado con esta oscuridad y en medio de este espeso bosque.

—Una suerte, amigo mío, que esperaba ardientemente —respondió Córdoba—. ¿Dónde está la marquesa?

—Nos sigue con los otros cuatro marineros.


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