La capitana del Yucatan
La capitana del Yucatan —¡Adelante, pues! ¡Maquinista! ¡A veinticinco nudos!
Apenas habÃa dado aquella orden, cuando se vio, en el fosco y nebuloso horizonte, brillar un haz de luz, que se extendÃa rápidamente sobre la superficie del mar, haciendo centellear las olas con una inmensa pincelada.
Aquella luz blanca, de reflejos azulados, parecÃa que surgiese del mar; sin embargo, debÃa ser producida por un poderoso foco eléctrico colocado sobre el puente y en la arboladura de alguna nave que se encontraba en alta mar.
El rayo luminoso, que se movÃa de este a oeste, pasó más allá del «Yucatán», no logrando, sin embargo, iluminarlo; después bruscamente se apagó y las tinieblas volvieron a espesarse sobre el mar.
—Es el «Terror» —dijo Córdoba.
—SÃ, la nave indicada —respondió doña Dolores.
—Nos vigilan, marquesa.
—Y bien, mi querido lobo, pasaremos igualmente, ¿no es verdad?
—¡Ah!
—¿Qué pasa?
—Se comunican en alta mar.