La capitana del Yucatan

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El español obedeció, pero sacudiendo dos o tres veces la cabeza, como si estuviera descontento.

Al pasar junto al grupo de los bananos se detuvo para escuchar; no oyendo nada, continuó su marcha describiendo amplios giros a través de aquel caos de vegetales, como si intentase hacer perder el rastro de la patrulla.

Diez minutos después se paraba en la orilla de un claro, en medio del cual se distinguía confusamente un edificio coronado por una especie de torre pentagonal y circundado por una muralla destruida en gran parte.

—Hemos llegado —dijo en voz baja.

—¿Qué es este refugio? —preguntó la marquesa.

—En un tiempo fue un fortín, ahora no es más que una ruina —respondió el español—. Pero me han contado que durante la insurrección de los diez años, dio mucho que hacer a los guerrilleros del jefe rebelde González.

—Para nosotros será suficiente —dijo Córdoba.

Atravesaron el claro y se apresuraron a entrar en el interior del cercado, pasando a través de una ancha brecha, mientras la lluvia comenzaba a caer con gran violencia y vividos relámpagos rompían, casi sin interrupción, la profunda oscuridad.


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