La capitana del Yucatan
La capitana del Yucatan —Porque no respetan los gallineros de los colonos —dijo Córdoba riendo—. Les gustan las ratas, pero no desprecian, como buenos gourmets, las gallinas, pintadas, pavos y ánades.
—Pero los cultivos han sido salvados.
—Es verdad, y compensan con ventaja la destrucción de las gallinas.
En aquel instante se oyó en el exterior una explosión tan formidable que las casamatas temblaron de la base al techo, haciendo caer un montón de escombros.
Los marineros volvÃan entonces cargados de hojas de bananos para preparar las camas.
—¡Por mil ballenas! —exclamó Córdoba, que habÃa estado a punto de recibir un ladrillo en la cabeza—. Es preciso limpiar esto o seremos aplastados.
—Trasladémonos a la torre —dijo el soldado—. Está todavÃa en buen estado y además es muy sólida.
Córdobas la marquesa tomaron las antorchas y pasando a través de la estrecha abertura, se introdujeron en el torreón pentagonal, subiendo por una escalera tan angosta, que sólo dejaba pasar una sola persona. La escalera acababa en una puerta forrada de hierro.