La capitana del Yucatan
La capitana del Yucatan HabĂa momentos en que parecĂa que el bosque entero se hundiera y que la torre oscilara sobre sus cimientos. Aquellas ráfagas debĂan arrancar montones de plantas, transportándolas a travĂ©s de la jungla y quizá lanzándolos al aire, porque se oĂan, incluso entre las paredes de la casamata, golpes tremendos que parecĂan dados por pesados arietes.
La marquesa y CĂłrdoba se habĂan acercado a una de las aspilleras y miraban al exterior.
A la luz de los relámpagos veĂan voltear en alas del torbellino, arrastrados a velocidad vertiginosa, hojas, ramas, frutos y troncos, que iban a chocar contra las esquinas de la torre, mientras debajo se oĂan caer trozos de las casamatas.
—¡Qué furia! —exclamó la marquesa—. Pobres de nosotros si el huracán nos hubiese sorprendido en medio del bosque.
—No hubiera dado un céntimo por nuestra piel —respondió Córdoba.
—Y nuestro «Yucatán», ¿crees que estará en peligro?
—No, doña Dolores, os lo aseguro. Está tan bien resguardado que las olas del mar no llegarán hasta él.
—De todos modos, no estoy tranquila, Córdoba.
—¿Qué teméis?