La capitana del Yucatan
La capitana del Yucatan El marinero, tras un breve titubeo, extendió su diestra morena y encallecida y se la dejó estrechar por la pequeña y blanca de la marquesa.
—Podéis disponer de mi vida, mi capitana —dijo el bravo marinero, con voz casi trémula—. Si queréis que parta, iré a la bahÃa, aunque estuviese seguro de morir.
—No, amigo, es preciso vivir y no hacerse matar —dijo Córdoba que estaba también conmovido—. Si tú murieras, maestro Colón no se enterarÃa del peligro que corremos.
—Es verdad, teniente; procuraré salvar la piel.
—Un momento; antes que parta vuestro marinero, esperad mi retorno —dijo el soldado—. TodavÃa no estamos seguros de que estén reunidos los rebeldes e intenten sorprendernos.
—Es verdad —dijo Córdoba.
—Voy a explorar los contornos.
—¿Queréis que os acompañe?
—No, señor. Un hombre solo puede huir más fácilmente y esconderse mejor.
El soldado les hizo señas de no moverse y descendió rápidamente la escalerilla, mientras Córdoba y la marquesa se ponÃan en observación en una aspillera.