La capitana del Yucatan
La capitana del Yucatan —Si están capitaneados por el granuja de del Monte, no nos queda ninguna duda sobre sus intenciones. Hemos sido espiados y mañana tendremos que enfrentarnos a ellos.
—¿Crees imposible nuestra retirada, Córdoba? —preguntó la marquesa.
—No os lo aconsejaría, señora —dijo el soldado—. Un hombre solo, saltando de mata en mata, podría escaparse, pero no una patrulla, y un combate en pleno bosque, contra fuerzas superiores, acabaría en una completa catástrofe. No, señora, no expongáis vuestra vida.
No os lo permitiré, doña Dolores —dijo Córdoba, con voz resuelta—. Nos atrincheraremos en esta torre y resistiremos hasta la llegada del maestro Colón. Álvaro, ¿estás decidido?
—Estoy a las órdenes vuestras y de la capitana —respondió el marinero, echándose el fusil al hombro.
—¿No te perderás?
—Tengo una brújula, teniente. Iré siempre hacia el sur, hasta que llegue al mar.
—Ve, mi valiente —dijo la marquesa—. Todos confiamos en ti.
—No temáis, mi capitana. Marcharé día y noche sin reposo.