La capitana del Yucatan

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La luz que penetraba en la galería desapareció bruscamente y los fugitivos se encontraron envueltos por la más profunda oscuridad. La losa de piedra, colocada por el último marinero, había caído con un rumor sordo, interceptando toda comunicación con el exterior.

Córdoba se había parado, para habituar un poco los ojos a las tinieblas y para escuchar.

Arriba se continuaban oyendo retumbar las formidables detonaciones de los trabucos y los disparos de fusil; de la opuesta extremidad de la galería no llegaba, en cambio, ningún rumor.

—Vamos —dijo—. Esperemos que este pasaje esté en buen estado y nos conduzca bien lejos del torreón.

—¿Se ve algo, Córdoba? —preguntó la marquesa.

—Parece como si hubiera quedado ciego. ¡Qué desgracia no tener ojos de gato! ¡Bah…! Seguiremos las paredes y tantearemos el suelo, antes de poner un pie delante de otro.

—¿Queréis que pase yo delante? —preguntó el soldado.

—No veis mejor que yo, así que es completamente inútil. ¡Eh…! Cuidado en la retaguardia.

—Vigilamos atentamente, señor —respondieron los marineros.

—¡Adelante!


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