La capitana del Yucatan

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El pelotón se puso en marcha a tientas, apoyando las manos en las paredes húmedas y viscosas de la galería y tanteando el suelo, primero con las culatas de los fusiles y después con los pies, temiendo que existiese alguna sima o chocar inesperadamente contra un obstáculo.

La galería descendía rápidamente, pasando acaso bajo el torreón y describiendo curvas que parecían bastante amplias, quizá para evitar los cimientos del edificio o un estrato de terreno rocoso. Su anchura era, sin embargo, uniforme, permitiendo el paso de dos personas de frente; su altura, en cambio, tendía alguna vez a bajar y Córdoba con frecuencia se veía obligado a inclinar la cabeza o incluso a agacharse.

Mientras continuaban así a tientas, intentando alcanzar el extremo opuesto, en el exterior los insurgentes combatían contra el torreón y las casamatas como si hubieran de desalojar a un regimiento de adversarios. Los trabucos resonaban furiosamente y los disparos de las carabinas y de los fusiles de retrocarga se sucedían sin interrupción, produciendo una barahúnda ensordecedora, que repercutía indefinidamente en el interior de la galería. A veces también se oían algunos estallidos tan formidables, que hacían suponer que los sitiadores usaban bombas de dinamita para abrir brechas en las casamatas, antes de lanzarse al asalto.


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