La capitana del Yucatan

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—Mientras continúe este estruendo endiablado, no tenemos nada que temer —dijo Córdoba, que continuaba avanzando entre las tinieblas con los brazos extendidos, por el temor de romperse la nariz con algún obstáculo—. Si el concierto dura media hora más, a los insurgentes no les quedará otro consuelo que el de subir a la torre y gritar a pleno pulmón su famosa consigna, independencia o muerte.

—No creo que tengan ganas —respondió la marquesa—. Cuando se den cuenta de nuestra desaparición, se volverán hidrófobos, mi querido Córdoba.

—Es probable, doña Dolores.

—¡Con tal que no descubran la galería y nos cojan entre dos fuegos antes de que hayamos tenido tiempo de salir de esta trampa!

—¡Qué horrible sorpresa! De todos modos, esperemos que los insurgentes continúen divirtiéndose todavía un poco en desmantelar las murallas del torreón y las almenas. ¡Vaya! ¡Qué estampidos! Los negros deben estar contentos con todo este alboroto y… ¡Oh…!, ¡cuidado!

—¿Qué pasa, Córdoba?

—La galería desciende abruptamente y me parece que se ha derrumbado el terreno o el techo; siento muchas piedras bajo mis pies. Teneos sujeta a mis hombros, doña Dolores.

—No temas, Córdoba. El toldado me sostiene.


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