La capitana del Yucatan

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El lobo de mar había reducido la marcha y adelantaba con mayor prudencia. El pasaje subterráneo se iba poniendo difícil y hasta peligroso.

El suelo descendía rápidamente, casi bruscamente, como si hubiera cedido en varios sitios, y se encontraban con frecuencia escombros, peñascos y montones de tierra que amenazaban en cada instante con hacer caer a Córdoba y a los que le seguían.

De vez en cuando algún obstáculo imprevisto detenía de golpe al grupo, produciendo lesiones a uno u otro de los fugitivos, que no podían evitarlo por la absoluta falta de luz.

Eran abundantes las gruesas raíces que atravesaban la galería y que oponían una resistencia tan grande, que obligaban a Córdoba a hacer uso del cuchillo; había otras que colgaban del techo y que se balanceaban a su paso.

—¡Caramba! —gruñía el lobo de mar, al que la paciencia se le acababa—. Se diría que estos bribones de rebeldes tienen aliados incluso bajo tierra. Acabaré por perder un ojo o rompiéndome la nariz.

Debían haber recorrido ya trescientos o cuatrocientos metros, unas veces bajando y otras subiendo, cuando de repente cesó el fuego de los insurgentes.

—Mala señal —dijo la marquesa, parándose.


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