La capitana del Yucatan

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—¿Será mucho más larga esta galería? —se preguntó Córdoba, que empezaba a inquietarse—. ¿Lo sabéis vos, amigo?

—No, señor —respondió el soldado—. El voluntario no me dijo cuanto había que caminar para llegar a la salida.

—Es necesario ir de prisa o seremos descubiertos. Al cesar el fuego quiere decir que los insurrectos han ocupado la torre y las casamatas y que se han dado cuenta de nuestra desaparición.

—¿Los insurrectos ignoran la existencia de esta galería? —preguntó la marquesa, volviéndose hacia el español.

—No os lo podría decir, señora.

—¿No hay nadie que tenga algo para alumbrar? —preguntó Córdoba—. Si tuviéramos un poco de luz caminaríamos más rápidamente.

—Tengo una cuerda embreada, señor teniente —dijo un marinero.

—Nos irá de maravilla, muchacho; dámela.

—Yo tengo fósforos —dijo el soldado.

—Yo también tengo.

Córdoba tomó la cuerda y un trozo de calabrote grueso como un dedo y bien alquitranado, deshilachó la punta y después la encendió iluminando un espacio de doce o quince pasos de la galería.


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