La capitana del Yucatan

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—¿Para atraer la atención de los insurrectos y hacernos capturar? No, doña Dolores, no haré uso del fusil. Anda, marinero, arroja el lazo, si el brazo no te tiembla.

Estaban ya a pocos pasos del monstruoso reptil, que se había colocado de manera que ocupaba toda la anchura de la galería. Previendo un ataque inminente, se había replegado sobre sí mismo, dispuesto a dispararse y a hacer uso de sus potentes anillos.

Córdoba dio al soldado la cuerda encendida, tomó después el fusil con ambas manos levantándolo en forma de maza y se dirigió resueltamente hacia el reptil, decidido a aplastarlo o a obligarlo a dejar libre el paso.

—¡Córdoba! —exclamó la marquesa, espantada, al mismo tiempo que el soldado y los marineros se lanzaban hacia adelante, dispuestos a tomar parte en la lucha, aunque la galería no permitía ayudar eficazmente al lobo de mar y a su compañero.

El reptil al ver al teniente se había erizado bruscamente, tendiendo a un tiempo la cabeza y la cola. Córdoba, rápido como el rayo, descargó un golpe furioso con la culata del fusil, pero falló y el arma, golpeando la pared, se partió en dos.


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