La capitana del Yucatan

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El reptil, viendo a los dos hombres adelantarse, había desenrollado rápidamente sus espiras, y alzaba amenazadoramente la cabeza soltando estridentes silbidos que detonaban una rabia feroz.

El monstruo deba verdadero miedo, tanto más porque tenía una mole extraordinaria y un tamaño capaz de contener en su estómago un hombre entero.

Medía por lo menos diez metros y en su parte central era más grueso que un novillo joven, quizá a causa de alguna víctima voluminosa engullida poco antes y todavía no del todo digerida.

Estos reptiles emplean un buen número de días antes de poder consumir lo que tragan, y están obligados a meterse dentro las presas enteras, a causa de la mala disposición de sus dientes que, por otra parte, son pocos y mal adaptados a su oficio.

—¡Por cien mil tiburones! —exclamó Córdoba, parándose indeciso—. ¡Qué feo es este sucuruhyu! Me mira de una manera… como si quisiera hipnotizarme, y creo que sería capaz de lograrlo. ¡Eh, marinero!, no le mires a los ojos o no lograremos nada bueno.

—¡Truenos del Yucatán! —gritó el marinero—. Nunca había creído tener miedo, sin embargo, ante este enorme reptil siento algo que me hace temblar.

—¡Córdoba! —exclamó la marquesa—. Descarga tu fusil entre las mandíbulas del monstruo. Da miedo enfrentarse a él.


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