La capitana del Yucatan

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Córdoba, entretanto, se había levantado, empuñando el machete mexicano que llevaba en la cintura, un sólido cuchillo de hoja ligeramente curva y de un temple excepcional.

Se había puesto furioso por el peligro corrido y se echó decidido sobre el monstruo, sin preocuparse de los que sujetaban la cuerda, golpeándolo violentamente por todas partes.

—¡Toma, canalla! —aullaba—. ¡Este por el miedo que me has hecho pasar! ¡Este por la voltereta que me has hecho dar y este para enviarte al infierno!

La serpiente, aunque ya vencida y casi estrangulada, no dejaba de debatirse, pues tales monstruos poseen una vitalidad extraordinaria, casi como la de los tiburones y los osos grises. Su largo cuerpo se retorcía continuamente en mil movimientos soltando sangre por todos lados y sacudiéndose violentamente a cada golpe de machete que el lobo de mar le atizaba. Finalmente disminuyeron poco a poco sus movimientos, pararon sus silbidos y la masa entera se extendió sobre el suelo, sacudida todavía por una especie de temblor que hacía resonar sus escamas duras, casi óseas, contra las paredes de la galería.

—Parece que este endemoniado ha exhalado por fin el último suspiro —dijo Córdoba.

Después, dirigiéndose al marinero que había arrojado tan hábilmente el lazo, le dijo:


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