La capitana del Yucatan
La capitana del Yucatan —Gracias, valiente; me has salvado la vida.
—Puedes estar bien agradecido —dijo la marquesa—. Yo te creÃa perdido, mi buen Córdoba.
—Si llega a dudar un momento, el reptil me hubiera oprimido entre sus anillos y ahora no serÃa más que una masa informe de carne y huesos triturados. Estos sucuruhyus son formidables y producen terror a todo el mundo.
—¿Cómo es que se hallaba en esta galerÃa?
—Habrá venido a digerir alguna presa importante.
—Entonces la salida de la galerÃa debe estar próxima, Córdoba.
—Es de suponer.
—¿Estará libre?
—Ahora lo veremos, no se oyen resonar más detonaciones por el lado de la torre y eso me inquieta.
—¿Temes que hayan descubierto la galerÃa?
—O que estén rodeándola, doña Dolores.
—Sigamos adelante, Córdoba.
—La salida no debe estar lejos —dijo en aquel momento el soldado—. Siento una corriente de aire fresco, vivificante, bajar por la galerÃa.
—¡Avante! —ordenó Córdoba.
Saltaron sobre el cadáver de la enorme serpiente y se pusieron de nuevo en camino, iluminando la galerÃa con el último trozo de cuerda alquitranada.