La capitana del Yucatan
La capitana del Yucatan El aire se volvía cada vez más fresco y la oscuridad menos densa, señal infalible de que la abertura no estaba lejana.
Córdoba había ya apagado la cuerda y empezaba a distinguir, a una distancia de cincuenta o sesenta metros un poco de luz, cuando a sus oídos llegó un extraño rumor que de momento no supo explicarse.
Parecía como si por encima de la galería corrieran caballos y hombres desesperadamente o que pasase un impetuoso torrente, rumoreando, sobre el techo.
—¿Qué será este alboroto? …se preguntó, deteniéndose perplejo e inquieto.
Apresuró el paso llevando empuñado el fusil de un marinero, y se lanzó hacia una larga hendidura que se dibujaba limpiamente en la extremidad de la galería, proyectando un chorro de luz blanca.
Estaba a punto de alcanzarla, cuando vio algunas formas humanas aparecer bruscamente frente a la abertura, interceptando con sus cuerpos la luz, mientras una voz gritaba con aire de triunfo:
—¡Aquí están! ¡Ya veis que no me había equivocado!
Córdoba se había parado, lanzando un grito de furor.