La capitana del Yucatan
La capitana del Yucatan —Sà —respondió el lobo de mar, haciendo un gesto de sorpresa—, pero… ¿cómo me conocéis…? No os habÃa visto antes de ahora.
—Lo creo, señor —respondió el muchacho, con una sonrisa—, por el simple motivo de que yo no he estado nunca en México, ni a bordo del «Yucatán».
—¿Y cómo sabéis que soy el teniente Córdoba?
—Me habÃan dicho que estabais en compañÃa de mi camarada.
—¿Me buscabais, quizá?
—SÃ, señor.
—¿De parte de quién?
—De la señora marquesa del Castillo y del capitán Carrill.
—¡Por mil tiburones! ¿Habéis visto a la marquesa? ¿Dónde se encuentra?
—Ahora ya debe haber llegado a los cayos de San Felipe.
—¡A San Felipe! ¿En las islas?
—SÃ, señor.
—¿Ha huido acaso de las manos de Pardo?
—No ha tenido esta suerte. Ha sido enviada allà para entregarla a una nave americana.
—¿Y cuándo estará en la nave? —preguntó Córdoba, que se habÃa puesto pálido.