La capitana del Yucatan

La capitana del Yucatan

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Habían tragado ya algunos bocados, cuando se oyó una voz que gritaba en tono alegre:

—¿Puede uno sentarse a tu mesa, camarada Quiroga? Hace quince horas que te busco.

—El español, al oírse llamar por su nombre, se había levantado precipitadamente, mientras que Córdoba, no sabiendo todavía con quien tenía que habérselas, dejaba caer el bocado que se llevaba a los labios y agarraba el fusil.

Un hombre vestido con ropa blanca, con un viejo sombrero de paja y con los pies desnudos, había aparecido de repente entre los árboles.

Era un mozalbete de unos veinte o veintidós años, de piel bronceada, rostro anguloso, bigote negro apenas naciente y ojos negrísimos e inquietos. No llevaba fusil, pero en la cintura llevaba en cambio una larga navaja.

—¡Tú, Padilla…! —exclamó el soldado, estupefacto.

—Si tus ojos están aún en buen estado, puedes ver que soy yo en carne y hueso —respondió el recién llegado.

Después, mirando a Córdoba dijo, quitándose el sombrero:

—¿El segundo comandante del «Yucatán», supongo?


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